EL AUGE DE LOS SEÑORES DE LAS RUNAS

UN FESTIVAL DE MARIPOSAS Y TRASGOS (21 de Rova de 4716 RA)
Por Caeltas Findorel, Adepto del G.C. de Magos de Iadara

Estaba a las puertas de la entrada norte de la ciudad. Un curioso cartel daba la bienvenida a Punta Arena; ya que pegado a él había una lámina de metal brillante en la cual se podía observar el propio reflejo. Junto al improvisado espejo, un pequeño cartel adosado decía: “Por favor, detente a verte como nosotros te veremos”. No era una mala idea, puesto que al ver mi aspecto maltrecho por el casi mes de camino ininterrumpido desde Korvosa, aproveché de arreglar en la medida de lo posible mis desaliñados cabello y ropajes.
Los portones se encontraban entrecerrados y la guardia de la ciudad custodiaba celosamente la entrada; cacheando a aquellos visitantes de aire más sospechoso, y mirando hacia el camino algo nerviosos, como si esperaran algún visitante desagradable. Uno de los guardias avisaba: “La entrada es hoy hasta la novena hora, después se cierran los portones y solamente con la venia del comisario podrán pasar por este portón”. Mi pensamiento divagó entre la actitud cuidadosa de la policía local y aquel llamativo anuncio, ya que teniendo un festival en las manos era extraño al menos el cierre de los portones antes del anochecer; Punta Arena al parecer no era tan segura como sus habitantes intentaban hacer creer. A pesar del férreo control al ingreso se respiraba dicha en el pueblo, y una vez adentro de las murallas, seguí a la multitud camino a la gran plaza, en donde todos se congregaban. La sorpresa no pudo haber sido mayor al ser recibido por los seguidores de la diosa Desna, en un ambiente festivo como nunca había visto entre los hombres. Emplazada en la cara este de la explanada una reluciente catedral de reciente construcción se alzaba imponente sobre el resto de las modestas edificaciones de un pueblo que, a juzgar por la antigüedad de sus casas, no tenía más de medio siglo de vida.
Durante el viaje a Punta Arena había tenido tiempo de sobra para pensar en mi precaria situación; ya que con mi dinero restante era imposible continuar con la labor asignada sin tener que recurrir a trabajar por algún tiempo. Siempre existía la posibilidad de usar mis habilidades mágicas al servicio de clientes por un módico pago; pero por otro lado, dada la abundante concurrencia de forasteros durante el festival, otra idea comenzó a rondar por mi mente. Durante las últimas décadas, durante mis estudios arcanos, había leído de grandes gestas
realizadas por grupos de aventureros que habían sido reunidos por deseo de los dioses, y que, a
pesar de sus diferencias se transformaron en algunos de los más famosos héroes de antaño, aquellos de los cuales aún los bardos cantan. Sumado a lo anterior, mi escasa experiencia sumado a mis escasas competencias en terreno hacían que mi viaje fuera peligroso. Todo eso me indicaba que se hacía necesario desarrollar mis habilidades mediante la fragua que solo el camino te puede otorgar. El meditar en la posibilidad de dichas aventuras hacía que mi corazón latiera más a prisa y mi deseo sincero era tener la oportunidad de ser forjado por el destino. ¿Quizás la fortuna, a quien me había acercado durante mi preparación como adivino, me avisaba que este era el camino?
Con todo aquello en mente, divisé a una humana que parecía buscar nuevas aventuras. Su nombre era Idhril y en efecto, se encontraba de viaje desde las tierras del interior con rumbo a
Magnimar. Conversamos distendidamente, y aprovechando la comida gratis ofrecida por los
tendederos, nos dirigimos a un llamativo local, atendido por una joven de aspecto oriental. En aquel lugar probamos una deliciosa preparación de arroz y pescado acompañada por una extraña bebida fermentada de fuerte pero agradable sabor. Continuamos intercambiando experiencias durante algún buen tiempo hasta que increíblemente fui encontrado por un hermano de las tierras del norte, del bosque de Mierani, emplazado en los lindes de las ruinas de la gran ciudad de Celwynvian; su nombre era Calathes. Su aspecto revelaba una vida en la espesura y sus manos la costumbre de tensar un arco y liberar flechas con regularidad. Me saludó cordialmente y se sentó junto a nosotros. Compartimos historias de nuestros pueblos, con la alegría de saber que su gente era próspera y contaba con buen pasar, y afortunadamente me enteré de que también se encontraba en búsqueda de aventuras. Lo acompañaba un nativo de esas tierras, un pequeño mediano llamado Akuron; de aspecto algo retraído y lacónico, pero cuyo apetito rivalizaba con los más feroces enanos de las montañas del Mar Interior.
Fuimos interrumpidos por el puntapié inicial de la festividad, dado por la alcaldesa Kendra Deverin, y por el comisario Belor Cicuta, quienes tras palabras de buena crianza y un innecesario
llamado al orden que saco más pifias que aplausos, se unieron a la celebración con el resto de los asistentes. Posterior a sus palabras, el clérigo del pueblo, Abstalar Zantus, en una bella ejecución de magia divina, liberó miles de mariposas en un tornasol en honor a la patrona de la celebración. Continuamos charlando e intercambiando parte de nuestra historia; dejamos el local y nos desplazamos a unas bancas ubicadas en una zona más central, en la cual disfruté de un relajado par de horas. Era ya cerca de la hora del anochecer cuando el sonido de una piedra de trueno estalló provocando el silencio inmediato de la multitud. Guiado por aquel estruendo miro hacia el centro de la plaza en donde nuevamente el padre Zantus se encontraba listo para dirigirse al público presente. No habiendo alcanzado a emitir palabra un desgarrador grito rompió el silencio, al tiempo que una tonada tosca comenzaba a soñar a lo lejos.
Me costó un par de segundos reconocer el lenguaje, ya que habían pasado años desde la
última vez que había escuchado aquel burdo idioma, pero tras un par de estrofas las palabras en trasgo comenzaron a cobrar sentido. Era una canción de guerra que crecía en intensidad en conjunto con los asustados gritos de los pueblerinos. Bastó una mirada a nuestro improvisado grupo para ponernos en alerta mientras la multitud huía de la plaza.
Con un silbido llamé a mi fiel compañero, Pardo, una pequeña pero inteligente criatura que
encontré hace 15 años, en medio de mis estudios arcanos. Recuerdo la mañana fría de invierno
cuando caminando por los bosques externos de Iadara lo oí caer desde una rama no muy alta de un joven roble. Tomé al pequeño cuervo grisáceo entre mis manos y lo llevé de vuelta hacia el pueblo. Habiendo recuperado calor, el animalito despertó en buenas condiciones y mi instructor me sugirió conservarlo como parte de mi progreso arcano. A los pocos días que nuestro vínculo comenzó a forjarse, se desarrolló su lenguaje en el idioma de Taldor, el común. Quizás por una travesura del destino o secuelado por su accidente el día que lo rescaté, Pardo aprendió a hablar con más groserías que palabras.
Mi familiar emprendió el vuelo hacia un tejado cercano, y comenzó a otear la plaza a fin de
evitar un ataque por sorpresa. Justo antes de llegar a su destino, con la plaza ya media vacía, un
gemido animal seguido por tres horrendas risas, nos alertó de enemigos cercanos. Eran tres tragos que con sus mataperros habían degollado a su ¿odiado? enemigo, detrás de un vagón posado a unos 50 pies desde donde estábamos. Nunca he logrado entender aquella animosidad de los trasgos, y nunca he entendido a los trasgos, ni me he esforzado en hacerlo, así que creo que dicha rivalidad seguirá siendo un misterio para mí.
Dos de ellos rodearon el vagón, mientras que el tercero envalentonado saltó sobre el carro;
celebrando aquella cobarde "hazaña" recién realizada. En su algarabía ni siquiera repararon en
nuestra presencia. Decidimos eliminar a las alimañas, parte en represalia por haber acabado con la vida del pobre perrito y parte en venganza por haber interrumpido nuestra diversión. Calathes fue el primero en atacar, con un certero disparo quebró la clavícula izquierda de la criatura que se encontraba en lo alto de la carreta al tiempo que lesionaba una gran arteria y lo dejaba al borde de la muerte. Su grito de dolor no fue capaz de distraer a sus alborotados compañeros, quienes se desbocaron a los puestos de comida cercanos mientras se llenaban sus bocas y bolsillos de todo aquello cuanto encontraban. El trasto herido intentó vengarse de aquellos quienes lo habían malherido, aunque dada su condición no fue capaz siquiera de levantar su horrenda arma para golpear el suelo cercano a Idhril. Yo por mi parte había tomado una posición defensiva, desde donde intenté, sin éxito, eliminar a la alimaña mediante un virote de mi ballesta, qué pasó algo desviado por sobre su cabeza. Fue la misma Idhril quien mediante su daga apuñaló a la criatura en su panza dándole muerte.
Por otro lado, el mediano salió a la caza del segundo de los trasgos, mediante un paso tan
sigiloso como solo ellos lo logran hacer. Tras posicionarse a una distancia segura, apuntó al cuello del trasgo, rasgando su carótida con un disparo tan letal como nunca había visto.
El tercer trasgo, sin darse cuenta aún de la caída de sus dos amigos, recibió un flechazo que atravesó su escapula derecha y le perforó el pulmón. Agónico, acometió contra Idhril, quien
hábilmente rechazo su golpe sin mayor dificultad. Viendo mi oportunidad, lancé una gota de ácido que terminó por consumir la vida de nuestro enemigo.
Habiendo eliminado al escuadrón de asalto nos reagrupamos cerca de una de las tiendas de
los locales. Al tiempo que lo hacíamos una canción empezó a resonar y Pardo me alertó de una nueva cuadrilla de trasgos, que aparecieron bordeando la catedral, guiados por una trasga cantora, quien mediante su sonata infundía valor a un nuevo trío.
Apenas cruzamos miradas con nuestros enemigos, nos alistamos para la continuación del combate. Calathes inició el asalto mediante una carrera hacia la tarima, en donde presa del pánico, aún se encontraba el clérigo local. Al llegar borde de la estructura, en un movimiento que necesito tanta gracia como precisión, tomó una flecha desde su carcaj, la tenso en su arco, al tiempo en que saltaba para caer al lado del padre y liberar el disparo sobre uno de los enemigos, quien quedó malherido con una saeta clavada en su tronco. Al tiempo que él lograba malherir a uno de los trasgos, los otros se dispersaban para continuar realizando calamidades. Idhril acometió contra la criatura dañada, sin fortuna; a la vez que yo me preparaba para el asalto. Akuron en el intertanto había desaparecido entre las sombras, buscando quizás una mejor posición para emboscar a nuestros rivales. Las bestias envalentonadas producto de la canción de la trasga intentaron hacer arder todo cuanto pudieron, apuntando a la recién edificada catedral, mediante una tea lanzada a través de un vitral. Nuestra guerrera por su parte estallo en llamas al ser golpeada por otra tea que portaba el moribundo trasgo, y nuestro arquero, ensalzado en la batalla recibió dos golpes en su pecho, quedando bastante lastimado. La situación no era alentadora, yo aún me encontraba algo distante y mi puntería estaba oxidada, el mediano se encontraba quien sabe dónde y los mejores guerreros del grupo habían sufrido heridas de consideración.
Pero Desna estaba de nuestro lado, y mediante su acólito, el padre Zantus, intercedió por
nosotros. Con una breve plegaria colocó sus manos sobre la espalda de Calathes quien fue sanado de todas sus lesiones, a la vez que este apuntaba a la cantora trasgo y atravesaba su garganta y espina con un certero disparo. La canción se detuvo y con aquello nuestras fuerzas regresaron al tiempo que las de ellos se debilitaban. Solo eso bastó para que Idhril cegada por su furia atravesara de lado a lado a la criatura que le había prendido fuego. Al verse en minoría, nuestros dos enemigos restantes huyeron presa del pánico hacia distintos lados. Nuestro cortés elfo apago las llamas de la dama y el padre se encargó de recuperar sus heridas. El mediano aprovecho aquella ocasión para registrar a la cantora y tomar algunos objetos que no logre identificar a primera vista.
Habiendo estado cerca de caer presa de la cuadrilla trasga, nos volvimos a reagrupar
solamente para ver amenazadas nuestras vidas nuevamente. Desde del sur de la plaza se acercaba un contingente de al menos cincuenta furiosos diablillos en carga hacia nuestra posición. Nos reagrupamos e intentamos atrincherarnos, sabiendo que ante tal número de enemigos nuestra suerte estaba echada. Y así fue, ya que cuando se encontraban a no menos de 100 pies de alcanzar la boca de la plaza, la guardia de la ciudad los emboscó desde dos callejones laterales eliminando a gran parte de la horda trasga y dispersando a los restantes. El padre en conjunto con Calathes se apresuraron a la catedral con la intención de contener
el fuego de ser necesario. El resto nos quedamos en la plaza intentando recuperar el aliento, al
tiempo que un nuevo grito, esta vez de un perro siendo atacado, nos alertó desde el norte. Rápidamente nos pusimos en marcha hacia la fuente del sonido, a la vez que Pardo se adelantaba a explorar y me alertaba de nuevos trasgos en nuestro destino. A fin de hacer nuestra marcha más rauda, Idhril tomo en brazos a Akuron en una escena al menos extraña, pero efectiva. Al llegar al final de nuestro corredor, nos detuvimos a fin de reagruparnos al tiempo que se nos unían Calathes y el padre Zantus. Desde ahí fuimos espectadores de como un trasgo de mayor tamaño y rango, montado sobre una horripilante criatura similar a la cruza de una rata con un perro, abría a un mastín de lado a lado mediante el golpe de una impresionante sajacaballos. El valeroso can estaba defendiendo a su amo, quien se encontraba acorralado por la cuadrilla, separado únicamente por un par de barriles de lo que era una muerte inminente.
Eran cinco alimañas en medio de la calle que desembocaba al portón norte de Punta Arena; aquel celosamente cuidado por la guardia más temprano ese día, ahora misteriosamente abierto de par en par. Tres trasgos de menor rango comandado por el improvisado jinete que había dado muerte reciente al pobre perrito era el grupo que teníamos adelante nuestro. Su jolgorio era tal que no se dieron cuenta de nuestra presencia. Se reían a la vez que se acercaban a su víctima acorralada, dando sus espaldas a nosotros. Mis dudas en esta ocasión eran mayores, dado que el grupo con el que teníamos que luchar era considerablemente más letal que los que nos dieron batalla en nuestro último enfrentamiento; y dado nuestro desempeño previo, para ser sincero, las chances eran bajas. Decidí utilizar mi mejor truco hasta el momento. Tomé de mi bolsa de componentes una pata de grillo que molí entre mis dedos al tiempo que me posicionaba al centro de la vía de salida del pueblo. Preparé en mi mente el hechizo. Al mismo tiempo Idhril levantó a Akuron sobre su cabeza y corrió de la forma más sigilosa
que pudo y lanzó a Akuron hacia el trasgo más cercano sin alertar a ninguno de los pequeños
enemigos. El mediano desenvainó dos dagas de su espalda al tiempo que realizaba un doble mortal para caer sobre los hombros de su víctima y desgarrar ambas subclavias mediante un letal golpe de precisión.
El estruendo causado por el grito de dolor y la caída a suelo de la pequeña bestia alertó a
sus compañeros, pero antes que hubieran alcanzado a girar sus cabezas por completo hacia nuestro acróbata, terminé de pronunciar el conjuro y liberé una nube de sueño sobre los restantes enemigos. El jefe, su montura y uno de los trasgos cayeron presa del hechizo, mientras que solo uno de ellos logro, a duras penas, resistir los brazos de Morfeo. Atónito, miro a su alrededor, intentando entender lo ocurrido, pero antes de siquiera poder despertar a sus aliados, una flecha certera liberada por Calathes atravesó de sien a sien al confundido trasgo. Solamente bastó rematar a las restantes e inconscientes criaturas y dar la voz a nuestro asustado asistente para que saliera de su improvisado escondite. Aprovechando la oportunidad, revisamos en conjunto con Akuron al líder del escuadrón, quien portaba escondida una pócima de manufactura arcana, la cual a ver de más cerca, ayudado por algo de magia, se reveló como una poción de curar heridas moderadas. Tomé también del mismo su arma, una espada modificada de gran manufactura, que calculé improvisadamente en un valor de al menos 110 piezas de oro. Viendo lo que había hecho, Akuron me mostro el vial que había cogido de la trasga cantora de la plaza, la que resultó ser una poción de curar heridas menores. En ese intertanto nuestro rescatado logró salir de su shock, y al tiempo que se presentaba, aplausos y vítores comenzaron a resonar desde las casas aledañas a la calzada, especialmente desde la entrada de una posada vecina que tenía en su pórtico una hermosa cabeza disecada de un ciervo blanco. Fuimos tratados como héroes por la población local, al tiempo que parte de la guardia nos agradecía el haber defendido la puerta norte de la ciudad. Niños y adultos se nos acercaban a felicitarnos por nuestro desempeño en la defensa del pueblo mientras que nosotros solamente lográbamos sonreír y corresponder tamaño honor. El posadero, Garridan Biskalai, quien a primera vista me pareció de rasgos y facciones similares a las del alguacil Cicuta, nos ofreció amablemente lugar en su estancia para esa noche, la que gustosamente aceptamos, dado nuestro cansancio.
Momentos antes de entrar, la joven regente del local en el cual nuestro grupo tuvo la fortuna de conocerse, se nos acercó y presentó. Su nombre era Ameiko Keijutsu, y nos dijo que era la dueña del Dragón Oxidado, al cual también fuimos cordialmente invitados. Finalmente, el joven rescatado terminó su presentación, su nombre era Aldern Dadera, un comerciante de la cercana Magnimar. Se encontraba hospedado en la posada de la señorita Keijutsu, dejándonos cordialmente invitados a una comida de agradecimiento. Extenuado, junto con el resto de mis compañeros de batalla nos dirigimos a la estancia preparada por el personal del Ciervo Blanco, en donde al entrar en mi habitación caí presa del cansancio en uno de los trances más pesados del último tiempo.

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